No estaría mal dedicar unos pocos minutos a mis sufridas cuatro paredes desde donde te escribo. Digo sufridas, porque no puede haber espacio más pequeño y que guarde más cosas, seguro, porque como haya otro peor es para matarnos.
Mire donde mire hay miles de objetos decorativos, cajas, muñecos, peluches, libros, películas, más cajas, más libros, más muñecos... No sé cómo pude sobrevivir sin mi "arsenal" en Algeciras y curiosamente, recuerdo que no quería llevarme nada o lo menos posible, en mis viajes.
Definitivamente hay días que me dan ganas de tirarlo todo, de dejar la cama y cuatro cosas (no más de ese número, en serio) y seguir leyendo, pero libros prestados a ser posible, que devuelva a su lugar cuando termine.
Sin embargo hay otros en los que miro y remiro mis cientos o miles de cajitas y se pone la cara de "ohhhh, qué bonito, ¿cómo pude pensar en tirar esto?" No podría, esa es la realidad, porque la gran mayoría ni siquiera lo he comprado yo, son regalos, regalos de cumpleaños, de reyes, de santos, de aniversario. Tirarlos sería como tirar una parte de mi a la basura (aunque hay veces que me entran ganas, todo hay que decirlo, ejem, lo de tirarme a mi)
Y aquí sigo, pensando que vivo entre leones, monstruos (s.a) enanos, gatos, elefantes y sobre todo, sobre todo, CAJAS, muchas, montones..

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