
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé;¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!
Así describía Bécquer un arpa cubierta de polvo, olvidada. Iguales al arpa somos los seres humanos. Hay veces que no sabemos cómo, pero una mano arranca una melodía de un instrumento que se creía inservible. Todos tenemos algo de arpa y algo de mano que sabe transformar unas notas. Todos, sin excepción.
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